En muchas organizaciones, ciertos comportamientos considerados menores —como inflar un gasto de representación, cargar a la empresa una comida personal o usar material de oficina para fines privados— son vistos como pecados veniales. Sin embargo, esta normalización de las pequeñas irregularidades representa uno de los mayores riesgos para la integridad interna de una organización.

Estas prácticas, conocidas como microfraudes, no suelen detectarse en auditorías tradicionales ni generan alertas inmediatas. Pero su peligrosidad radica en el efecto de arrastre que provocan: cuando se perciben como toleradas o incluso “parte del juego”, otros empleados pueden replicarlas, aumentarlas o justificar acciones más graves. La línea entre lo aceptable y lo fraudulento se difumina.

Los microfraudes no sólo causan un daño económico acumulado, sino que erosionan la cultura ética corporativa. Un entorno que no actúa frente a estas conductas fomenta la impunidad, deteriora la confianza interna y deja la puerta abierta a fraudes mayores. Diversos estudios en criminología organizacional han demostrado que muchos fraudes significativos comenzaron con “pequeños deslices” que fueron ignorados por años.

Por tanto, gestionar el fraude interno no es solo cuestión de grandes controles, sino también de poner atención a los detalles. Algunas recomendaciones:

  • Establecer una política clara sobre el uso indebido de recursos y gastos menores.
  • Capacitar a mandos intermedios para que no minimicen ni normalicen este tipo de prácticas.
  • Implementar revisiones aleatorias y sistemas de alerta temprana incluso en áreas “de bajo riesgo”.
  • Promover canales de denuncia que puedan detectar patrones repetidos.

Recordemos que la tolerancia frente a los pequeños fraudes es la antesala de los grandes escándalos. La prevención eficaz comienza por no mirar hacia otro lado.