El trabajo híbrido ha llegado para quedarse, pero con él también han surgido nuevos desafíos en materia de control interno y prevención del fraude. Si bien las organizaciones han ganado en flexibilidad y eficiencia, muchas aún no han adaptado sus mecanismos de supervisión a este nuevo entorno. La consecuencia: una mayor exposición al fraude interno.
En un modelo de trabajo donde los empleados alternan entre la oficina y el hogar, los controles físicos tradicionales pierden efectividad. La falta de supervisión directa, la descentralización de procesos y el uso extendido de dispositivos personales para tareas laborales (BYOD) crean un terreno fértil para la comisión de fraudes. Acciones como la manipulación de datos, el acceso no autorizado a información confidencial o la falsificación de documentos se ven facilitadas por estas nuevas dinámicas.
Además, el aislamiento físico puede debilitar la cultura ética de la organización. La menor interacción entre equipos y la falta de recordatorios constantes sobre políticas de cumplimiento pueden hacer que ciertos comportamientos indebidos pasen desapercibidos o no se denuncien.
Frente a este panorama, las organizaciones deben dar un paso adelante. No basta con confiar en los controles tradicionales; es necesario rediseñar el sistema de prevención de fraude con una mirada adaptada a la realidad híbrida. Entre las medidas más urgentes se encuentran:

El papel de los líderes es clave. Fomentar una cultura organizacional basada en la transparencia, el respeto a las normas y la comunicación abierta es tan importante como contar con herramientas tecnológicas. La prevención del fraude interno en tiempos de trabajo híbrido requiere una combinación equilibrada entre controles técnicos, integridad cultural y liderazgo proactivo.
